domingo, 14 de diciembre de 2008

CRÓNICAS DE UN CERDE

A modo de pago por los favores prestados y como parte de un pacto entre caballeros al que llegué con nuestro atractivo a la par que inteligente amigo Señor Ocre, paso a relatar lo que aconteció la noche del 13 de Diciembre.

Era una noche de enésimo partido del siglo que tuvo el resultado esperado. Hubo un concierto de por medio, o mas bien, medio concierto ya que por todos los señores son sabidas mis tácticas leonescas cuando una hembra indefensa ronda mis dominios, por lo que perdí la noción del tiempo, incluso del espacio.

Nada fue premeditado, a pesar de que hacía bastante frío y que leches, teníamos ganas de “hablar”. Argucias que en su momento utilizó otro de los Señores teniendo como resultado el cabreo del Señor Ocre por lo barriobajero de la treta y con los agravantes de nocturnidad y alevosía.

Los acontecimientos se fueron sucediendo. En mi reunión con dos de los Señores y algunos adjuntos, aparte de la susodicha víctima presente, no tenía más intención que pasar un buen rato con estos. Pero todo se precipitó, cuando se me pasó por la mente, embriagado de cerdismo, pronunciar las palabras prohibidas, dirigiéndome al Señor Ocre: “¿era el 5ºB, no?”.

Después de unos momentos de duda, enseguida entendió las sucias intenciones que ocultaban mis palabras. Seguramente pensaría: “¡qué hijo puta!”, pero en un abrir y cerrar los ojos, con habilidad y discreción próximas a las de un neandertal, ya estaba intentando sacar las llaves que me abrirían la puerta del Palacio Ocre, la morada de todo un defensor de la ley.

No tardamos en encontrar el Palacio, fue fácil con las indicaciones del Señor Ocre. Esperaba encontrar algo parecido a la Casa O´Donell, pero nada más lejos de la realidad. No había bolas de polvo corriendo por los pasillos, ni montones de ropa tirados por todas partes. Todo lo contrario, había ropa doblada encima de la cama, y espero que también limpia, ya que había prendas como unos calzoncillos del Inspector Ocre. En el retrete del cuarto de baño se podían comer sopas y al contrario de lo que opina al respecto el Señor Ocre, las mesas estaban despejadas de todo desecho y restos de comida (o bebida) de fiestas anteriores.

Con el vestido con el que llegué al mundo, me di cuenta del frío que hacía. Pero esto no fue impedimento para que se me erizase algo más que los pezones. El resto ya os lo imaginareis. De muy buen gusto nos habríamos quedado a dormir, de hecho pensé en cambiar la cerradura y quedarme a vivir en el Palacio, incluso en convertirlo en una segunda Casa O´Donell, pero pronto me di cuenta de la cruda realidad. Agradecido por el gesto del Señor Ocre, al alba recogimos los restos biológicos y nos borramos, sin dejar rastro de lo que allí aconteció, la noche del enésimo partido del siglo.

2 comentarios:

Señor Red dijo...

¡¡¡¡Q hijo putaaaaaaaaa!!!!

Señor Perlado dijo...

que gran relato para una noche de cerded